domingo, 14 de octubre de 2012

Ella

Ella. Mujer y diosa. Ángel y demonio. Sonrisa. Alma. Cuerpo. Belleza y seducción. Ella. Inocencia. Pecado. Penitencia. Mirada implorante. Amor.

Ella da sentido y forma a mis sentimientos. Da voz  a mis palabras. Desata todo lo olvidado. Regresa lo desterrado, que como hijo pródigo, cabizbajo e inseguro, saluda desde el dintel de mi corazón.

Ella que es fuego y fragua. Destino y final. Pasado oscuro. Presente complicado. Futuro incierto. Aviva una a una las cicatrices cerradas, que duelen como el primer día, pero son calmadas por su sonrisa.

Ella, hiriente espada que se clava con una hoja de besos. Ella que abrió el primer sello y desgrana uno a uno todos estos sentimientos. Que derrumba una tras otra todas las paredes erigidas, los muros levantados, los escudos de mi corazón, para quedarse a dormir en el.

Ella. ¿Ella? No. Tú. Tú, mariposa. Yo, lobo. Tú, con tu luz. Yo sumido en penumbra. Y soy yo el que ha de salvarte del dolor, de la pena.

Tú. Tú y solo tú. Y tus besos. Y mi perdición.

lunes, 8 de octubre de 2012

Eris


Ni siquiera llegaste y ya te vas. ¿Ríes? ¿Ríes con esa risa que ha resucitado a todos los monstruos? La que me devolvió a las hormigas. La que avivó las antiguas cicatrices. Ríes con esa luz que trae el sol, que derrumba estrellas. Ríes en la despedida

Te odio. Te odio a ti y a todo lo que representas. A la mariposa, al lobo. A las cicatrices y a esta maldita tela de araña que nos une. A tu luz y a mi oscuridad. Te odio. Te odio por no ser mía, por no poder protegerte. Por no poder frenar todo el mal y la pena. Por la impotencia de no poder acabar con tu dolor, en mis brazos, con mis manos, que han tomado toda la bondad de la luna sólo para ti.

Solo quería que me miraras. Que me abrazaras. Que me besaras. A mí, solo a mí y a nadie más. A mí que daría todo. A mí que me enfrentaría a cualquier cosa.

Yo solo quería despertarme en tus ojos. Hundirme en tu sonrisa y dormir en tu piel. Perderme en tus besos y esconderme en tus brazos.

Pero no. No soy un príncipe azul. No soy el que buscas. Sabes que no puedo ofrecerte nada más que mi amor. Pero no es suficiente. Quieres algo más. Algo que no puedo darte. Ni el cielo, ni el sol. Eso está al alcance de mi mano. El firmamento, la luna llena a tus pies… Mas no. Tu luz lo eclipsa todo.

Y yo no soy más que un hombre, un loco, un poeta. Solo tengo mi amor y palabras bellas. Sentimientos que florecen en mi pecho, que susurran tu nombre, tallado a fuego… Una cicatriz se dibuja en el horizonte y me hace tuyo aun sabiendo que nunca podrás quererme. Y me quiebro si no estás a mi lado. Y cada segundo es una vida si no me miras. Y cada instante es eterno si pienso en ti.

Te odio por hacerme esto. Por obligarme a buscar tu luz. Tu mirada. A cada paso, en cada noche. En cada batida a ningún lugar. Y tu risa resuena en cada esquina de mi vida, como única música en los peores días. 

Te odio. Te odio por no saber amarte.

Ni siquiera llegaste y ya te vas. Y en la mano tengo aquella rosa que nunca te ofrecí. Y en los labios aquel beso que nunca me atreví a darte. Y en el alma, uno a uno, los versos no recitados, las palabras no dichas, atadas al albo lirio de mi corazón.

Ni siquiera llegaste, y ya te vas. Marchas con aquella sonrisa y te vas…
¿Y ya te vas?
Y ya te vas…

martes, 2 de octubre de 2012

Vals

A la tenue luz de cientos de velas, la sala de baile se ilumina. La música del gramófono empieza a sonar y se oye aquel vals. Mío. Nuestro. Aquella música que tanto nos decía. Que tanto nos había prometido...

Del propio polvo encerrado en la habitación, después de tanto tiempo esperando, comienzan a brotar todas las palabras que nunca hemos dicho. Todas las frases que nuestro valor había impedido formar. Los tapices cobran vida. Las palabras toman cuerpo. Todas y cada una de aquellas sombras, engalanadas con sus mejores ropas. Desprendiéndose de los cortinajes. Descendiendo de las arañas del techo. Uniéndose al baile de los espíritus, al vals de los espectros.

En cada reflejo, en cada giro que la música brinda, ellas danzan, disfrutando. Esperando a que el momento llegue. Y entonces apareces tú. Tan pura, tan limpia. Tan bella. La princesa que esta corte había buscado por largo tiempo. Los caballeros espectrales toman tu mano, y te acompañan a bailar. Sonríes, pero una lágrima brota en tu mejilla. Ríes, pero la pena inunda tu corazón. Con la mirada buscas algo que ansías con el alma.

Y yo, desde el magnífico balcón que preside la escena, apoyado en la balaustrada, observo. Lo observo y medito todo. Y entonces, sólo entonces, desciendo al salón. Enmascarado, tomo tu mano y te acompaño en la danza. Besando cada una de las lágrimas que recorren tu rostro. Y prendo la luna de la tiara que corona tu cabello. Infundo luz a tu corazón, desterrando todo el dolor y el llanto.

Al son de la música, todas las palabras nos rodean. Todo lo nunca dicho nos observa. El tiempo se detiene y la música deja de sonar. Tú no existes y yo estoy solo, entre el polvo de aquello que nunca dije. En la distancia, sabiendo que era la única solución. El fonógrafo vuelve a tocar. Y a la luz de las velas, una lágrima es mi solitaria y única compañera.

martes, 25 de septiembre de 2012

El hombre al piano. Ana Belén

No todos tenemos un piano...

Aquelarre

Y en la noche de Walpurgis todas las brujas se reúnen. Todas, hechiceras, encantadoras, con ojos rojos como el fuego, con manos cálidas, con voz dulce que nos incita a acercarnos. Todas y siempre eres tú. Tú, la que me llamas, la que hechiza, la que me embruja. La que me impide continuar si no me miras. La que, sin querer, me hace desear todas y cada una de las estrellas que se dibujan en tu sonrisa si me miras a los ojos.

Tú. Disfrazada de caperucita roja, para este lobo hambriento. Tú, la que velas tu pecado. La que sufre una eterna penitencia. Tú, falsa doncella en apuros que genera en mi el deseo de protegerte. De abrazarte y de impedir que nada te pase, en mi regazo, donde soy más fuerte. Donde puedo vencer a todos los demonios que esta noche se erigen, inmensos, como pesadillas interminables. En mis brazos...

Pero una malévola sonrisa se dibuja también en tu rostro. Como un juguete roto, el lobo se precipita al abismo donde tranquilamente retozan tus ilusiones, mis sueños. Donde creo poder darte lo que mereces, donde me creo capaz de vencerlo todo. Donde este hidalgo de miel, este caballero andante, desenvaina una espada de besos, cargada con el poder que tú podrías darme.

Y tu luz, difusa, se marchita. Se desdibuja en las mismas estrellas que mis ojos aspiran a conquistar. Se pierde en la incerteza de otros brazos, de otros ojos. Más bellos. Más apetecibles. Pero menos puros. Que no podrán darte algo tan bello, tan limpio, tan honesto y a la vez pretencioso.

Mis brazos, las garras de este lobo, son los mismos que sufriendo encienden la pira en la que te consumes, sin saberlo. Sin entender siquiera como se ha producido la situación. Negando en cada aullido la maldita decisión.

Y al arder, tú, caperucita, tú, mi bien amada y deseada sirena, solo dejas el recuerdo de aquello que pudo ser y no nació. Aquello que nunca dije, aquello que nunca pudiste ver. Cumpliendo condena en esta soledad, este lobo se retira cabizbajo. Llorando por las cenizas que tus propios anhelos han creado. Llorando por ti. Llorando sin ti.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Réquiem

"La niña alargó el brazo, y con una mano temblorosa arrebató a su madre la esfera de cristal que sostenía entre sus dedos. Ya de cerca, observó la escena con detenimiento: Ícaros descendiendo, asidos de la mano, Dédalo sentado al pie del faro... recordó la leyenda. -¡¡NO!! - gritó mientras agitaba con fuerza la esfera y un trémulo torrente de plumas calcinadas enturbió el agua..."

Abrió los ojos y pudo sentir como la sangre goteaba entre sus dedos. Los restos de ginebra y cristal, manchados del líquido encarnado, aún pendiendo del segundo en que con la fuerza de su mano izquierda había estallado el vaso, caían uno a uno en un baile decadente. Pensó en ese recuerdo, en aquel extracto sacado de no recordaba qué libro. Embriagado por el dolor y el humo de su pipa intentó hacer un esfuerzo, mientras que en el hogar se quemaban antiguas máscaras sonrientes...

"Aquella mariposa de fuego se transformó en un fénix, y cambió de nuevo en áspid ardiente, suntuoso, en sirena con cabello en llamas, tan carnal... La imagen se distorsionó y una garra carmesí le tocó el pecho..."

Se sobresaltó, y pudo ver como las marcas de aquellas uñas se señalaban en su tórax, a la altura de la fragua de Vulcano...

"Y el índigo tritón se acercó a aquella sombra. Y con el solo poder de su mirada, derritió el corazón de la sirena, de la mariposa, que dejó atrás todo su pasado. Y su deseo se vio cumplido. Y su capricho y su antojo se realizaron. Un beso selló aquellos labios y un destello se disparó en el aire, azul, intenso, atravesando incluso la luz..."

Y sintió, allí, sentado en la lumbre, como un cristal del color del cielo, un reflejo, una ilusión, se clavaba en su corazón. Y lo marchitaba. Y lo drenaba. Y una lágrima afloró en los ojos del color del otoño, del color de octubre...

"Un aullido hacia la luna. Llena. Redonda como aquella esfera de cristal. Anular como la penitencia infinita de titanes y héroes griegos. Un lobo negro como la noche gritó mientras bramantes de seda de araña envolvían su cuerpo, impidiéndole hablar. Silencio. Solamente ese silencio. En su pecho un millar de cicatrices. Y en sus ojos marrones un millón de lágrimas..."

Percibió las ataduras en su cuello y en sus manos. Y el silencio se apoderó de su lengua y de su alma. Y lloró... lloró... lloró... mientras en el fuego se consumían sus últimas esperanzas...

Quinta Sinfonía - Fantasía 2000