jueves, 20 de septiembre de 2012

domingo, 16 de septiembre de 2012

Silencio

Son aquellas palabras que nunca dije las que ahora explotan dentro de mi pecho. Las que gritan en mi garganta, rogando por la libertad, clavadas en mi interior con espinas de rosa.

Son esas palabras las que imploran, llorando, un espacio en este mundo. Las que claman dejar el no ser, tomar cuerpo y forma. Decorar cada estrella con su brillo. Prenderse en las alas de fuego de la mariposa que se eleva entre toda esta oscuridad.

Mas deben ser acalladas. Aunque cada palabra sufra, aunque cada una sea promesa y ofrenda, sea dolor o llanto, aunque cada palabra se quiebre bajo el peso de la angustia, tiene que permanecer en silencio. Maldito y despiadado silencio que termina con todas las bellas intenciones y hace florecer el brote de la desesperanza.

Sin decir nada, cada sentimiento expira, llevándose consigo un segundo más, un día, un año, tallando en el pecho de este maltrecho lobo una cicatriz imborrable, como tantas otras. Cada palabra, muda, vuela en silencio, de la mano de los más queridos espíritus, cuyos ojos ven más allá de mi mismo, cuyas propias palabras hacen de bálsamo, pero saben permanecer en silencio ante este crimen.

"Yo recapacito y pienso que puedo ofrecerte mucho más, pero tú le entregas tus labios, él calma sus deseos, yo sufro en la agonía del silencio y tu herida no se cura..." En lo más íntimo R.L.

Son aquellas palabras que nunca diré, las que me hacen guardar silencio.




viernes, 7 de septiembre de 2012

La mariposa

Un lobo. De ojos tiernos y piel blanca como la lana. Suave como la seda. De voz dulce y tranquilizadora, pero un lobo al fin y al cabo.

No son manos afables las que te abrazan. Estas garras inhumanas están acostumbradas al hedor de la sangre. Al fin y al cabo, todo termina siendo pasto del más recóndito instinto. Hay quienes lo llaman supervivencia, confundiéndolo con algo natural, innato y nativo del cinegético carácter heredado de este nahual maldito. Pero nunca nadie sabrá el verdadero motivo. Ninguna persona conocerá jamás al causa exacta por la que todos los que se acercan a la criatura terminan heridos.

Con su errático comportamiento rasga cada uno de los frunces que le mantienen sosegado, indiferente y frío ante la luz de la luna. Pero esa mariposa con los colores del mismo fuego refrescó cada cicatriz que había sido tallada con odio en su corazón. Cada palabra y gesto. Cada caricia y beso se incrustaba en lo más profundo de su alma. No podía permitirlo...

No se sabrá si era rencor o afán de protección, pero una vez más, la bestia asestaba el golpe final con el que la mariposa profería un lamento incluso más desgarrador que las gujas del mismo lobo. Su grito se unió en mística comunión con el aullido del lobo. Unión que quebrantaba los cánones establecidos. Tomó del suelo los restos de aquella alevilla de fuego y los prendió a la altura de su pecho, mientras con las garras marcaba otra cicatriz en su corazón.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La vela del estudio

Aquel destello de luz encendió una vela que yacía apagada desde hace mucho. Un cirio que debía permanecer extinto, moribundo. Pero aquel brillo centelleó en la noche más cerrada. Como una bengala, prendió todas las telarañas que se amilanaban en las paredes del atormentado corazón, refugiándose en los pliegues de cada una de las noches que aquella seda había tejido como consuelo al llanto desconsolado.

Ahora que aquel incendio estaba descontrolado, que todas las imágenes se inflamaban, que el fuego recorría cada uno de los sentimientos, encendía cenizas pasadas, brasas antiguas, en ese momento, el alma estaba ya perdida. Uno a uno, los baúles cerrados por el devenir del tiempo, enterrados bajo cadáveres de miles de hormigas, inhumados por el fango y el lodo de lágrimas vertidas en la arena, uno a uno, todos, se abrían al estallar la aldaba debido al calor y la vehemencia de las llamas. De ellos brotaban aquellas polillas cuya vida había sido perdonada. Ahora transformadas en mariposas de fuego, los cristales de las ventanas se rompían bajo la presión sometida. Sus voces, como el canto de las sirenas, evocaban a los recuerdos pasados, al dolor y la desdicha. A la felicidad y al cariño.

El fuego consumía todo. Derritiendo, destrozando, devastando, pulverizando. Cae de rodillas el fantasma cinéreo que hasta entonces había reflejado. Los trajes apolillados con sonrisas escondidas entre los pliegues, junto con aquella máscara alegre que siempre les acompañaba. Todo perdido. Bajo las llamas todo se comportaba igual. Bueno o malo, feliz o triste, doloroso o placentero. Todo consumido. Los instintos aullaban al calor, agostados, derrotados.

Una lágrima de plata surca los tueros calcinados, osamenta negra que huele a luto. No queda más que cenizas dentro del estudio. No queda nada. Ni pena ni desdicha. Ni amor. Ni nada que no pueda ser justificado. No hay llanto, ni risas. No queda sufrimiento, no queda alegría. Un paso curioso e incierto se adentra en la sala. Mirando cada rincón de aquel corazón. Sabiendo que en cada uno de esos lugares había algo que debía recordar. Una voz quería advertirle del desastre pasado, pero no era capaz de articular palabras.

Y de entre las cenizas, con sus manos desnudas, temblorosas, rescató un trozo de aquel espejo donde ensayaba todas sus sonrisas. Y pudo ver como allí debajo, reflejado bajo la luz de las estrellas, un pequeño brote nacía llorando rocío...

viernes, 22 de junio de 2012

Despedida y Búsqueda

Marcha. Marcha tú Yago. Mientras todo te vaya bien ¿qué importan los demás? ¿qué tiene de importante el sufrimiento ajeno? El dolor, la desdicha... mientras haya vino en tu copa, tú no tienes de qué preocuparte. Lavar tus manos con el sabor del whisky elimina todo ápice de duda. Nadie tiene porqué interferir en tu vida. Nadie tiene que aguarte la fiesta.

Aludes a tu propio llanto, a tu propia pena. Burbujas de champán que como el vino del estío hacen olvidar todos aquellos malos ratos. Vacío. Ese licor que embriaga todos tus sentidos está vacío Yago. Esgrimes la excusa de que los payasos también lloran para no tomarte nada en serio. Para eliminar cualquier rastro de maldad de tus palabras, dañinas como dardos envenenados.

Ah. Te busco Horacio. Te busco y no te encuentro. Tus manos es por lo único que pido. Tu leve voz, tu compañía. Tú que pareces ser el único que me reconforta. Para ti no tengo más que este regalo. Estas líneas que producen tanta tranquilidad cuando pienso que tú eres el único que me comprende. Tú eres el único que percibe cuando hay problemas, que siente lo que pienso, que piensa lo que siento. El que medita, el que razona. Tú, amigo difuso, amigo invisible. Enterrado entre mi desesperación no te encuentro. Perdido entre mi dolor te ando buscando. ¿Dónde estás que no te veo? ¿Quién estrechará mi mano?


miércoles, 13 de junio de 2012

"Frankestein" - Mary Shelley

“Me conformo con sufrir solo mientras duren mis sufrimientos; me satisface que cuando muera, mi memoria estará cargada de odio y oprobio. Alguna vez los sueños de virtud, de fama y de alegría serenaron mi fantasía. Alguna vez fantasee con conocer seres que, perdonando mi apariencia externa, me amarían por excelentes cualidades que yo era capaz de revelar. Me nutría de grandes ideas de honor y devoción. Pero ahora el crimen me ha degradado situándome por debajo del animal más despreciable. No puede haber culpa, maldad ni desgracia comparables a la mía. Cuando recorro el catálogo de mis pecados, no puedo creer que yo sea la misma criatura cuyas ideas estuvieron alguna vez pobladas de trancendentes y sublimes imágenes de belleza y de majestuosa bondad. Pero así es: el ángel caído se ha convertido en un diablo malvado; pero hasta ese enemigo de Dios y del hombre tenía enemigos y compañeros en su desolación. Yo, en cambio, estoy solo”



“¿Cómo podría llegar a tu alma? ¿No hay palabras suficientes para hacerte comprender que debes volver tus ojos hacia una criatura, tu propio hijo, que te implora bondad y compasión? Créeme, Frankenstein, mi alma era amorosa; pero, ¿no ves que estoy irremisiblemente solo? Si hasta tú, mi creador, me aborreces, ¿qué crees que puedo esperar de tus iguales, que nada me deben? El desprecio y el miedo es lo que experimentan ante mí, tan sólo los glaciares y las altas montañas son mis compañeros, mi refugio. Hace días que ando por estas soledades, viviendo en grutas heladas; son el único sitio donde me siento seguro, los únicos parajes que el hombre no me niega. El cielo gris, la nieve, todo esto, merecen mi respeto y mi adoración porque me tratan con más consideración que tus propios semejantes. Si las gentes supiesen de mi existencia harían lo mismo que tú: levantarían su brazo contra mí”

lunes, 11 de junio de 2012

Lobo


¿Quién soy yo, para negarle al destino todo lo que le pertenece?

Nadie mejor que yo conoce mis propios errores. Mis fallos,mis pecados y penitencias. No puedo obligar al destino a doblegarse a mis pies sin al menos intentar justificar mis actos. Sin embargo es mi propio orgullo el que no me deja arrodillarme ante él. Son demasiadas las batallas que he afrontado. Demasiadas guerras en las que he combatido. Guerras que no eran mías, que no llevaban mi nombre, y en las que me he esforzado hasta la extenuación.

He salido herido. Doblegado ante la derrota, pero con la mirada hacia el cielo. Gris, tormentoso. Cada uno de esos truenos eran los alaridos de una bestia que ruge en mi interior. Un animal salvaje, denostado ante cada situación. Pero que tiene las marcas de la guerra, de las víctimas. Toda esa sangre que mancha sus garras. La mirada alta. En cada momento decidido ante su paso. Eligiendo cada camino aunque le conlleve al desastre.

Es todo tan diferente. Todo tan incomprensible ante esos ojos. Todo cuanto le rodea es querido, amado. Pero tan incomprendido. Ruega a veces esa bestia. Pide paz. Templanza. Tranquilidad. Un aullido hacia la luna llena, como súplica implorante de un atisbo de calma. Pero ante la duda, huye a reunirse con la soledad que es incapaz de herirle.

No quisiera más que ser un cachorro eternamente. Sin preocupaciones. Sin tener que sacar de nuevo las garras. Sin mancillar su rostro con el alquitrán exudado de los cuerpos inertes de problemas ajenos. Tan solo tranquilidad. Un remanso de calma donde poder ver sus ojos cristalinos en el agua clara de ese prístino lago escondido por tanto tiempo.

No puede condenarse a un lobo por sus instintos de protección. No puedes castigar a una daga por estar afilada. No puedes negarle al destino que reclame por lo suyo...